Her o una historia de amor absolutamente diferente

Her, Joaquín Phoenix

En una sociedad en la que la tecnología gana cada vez más terreno, las relaciones personales tienden a ser  más complejas y hasta difíciles, sobre todo cuando reconocemos que esa misma ciencia aplicada a la cotidianidad nos acerca y, al mismo tiempo, nos aleja a los unos de los otros.  Y es que, definitivamente, estamos cada vez más informados, pero… ¿Realmente nos comunicamos? ¿Conseguimos ser exitosos en esta materia? ¿Verdaderamente la tecnología nos hace más acertados en cuanto a este ejercicio? Antes de responder a estas interrogantes, es preciso reconocer que comunicarse no es simplemente procurar hablar, escribir y, sobre todo, pretender que nos comprendan. Se trata de que efectivamente seamos entendidos por ese otro ser humano al que nos dirigidos.

Asimismo, por estos días, paradójicamente, de cara a todo el razonamiento científico, base de esa misma tecnología a la que hacemos mención, se imponen las emociones por doquier.  Hoy, es posible ver que la famosa frase de René Descartes parece haber sido transformada de “Pienso, luego existo” a “Siento, luego existo”. Y es que sentir parece ser en realidad el verbo que domina el  lenguaje universal en estos tiempos, sobre todo cuando buscamos ser percibidos en nuestra esencia como seres humanos.

Entonces, cuando intentamos unir las piezas de este complicado rompecabezas que tenemos en frente, es inevitable que vengan a la mente ciertas interrogantes como las siguientes: ¿Será que todo este avance tecnológico al mismo tiempo nos impulsa a volver a lo más básico y reconocer que las emociones y los sentimientos son en realidad nuestro punto de conexión como personas? ¿Será que esas mismas emociones y sentimientos son, además, lo que importa en un mundo en el que lo intangible y lo momentáneo parecen marcar la pauta de una manera casi arrolladora a consecuencia del avance tecnológico?

Ahora bien, toda esta reflexión sale a flote en medio de un mar de pensamientos y emociones revueltas, luego de ver Her de Spike Jonze, que no es sólo una historia de amor, como ha sido vendida. Y, categóricamente, es mucho más que una historia de amor entre un hombre y un sistema operativo, como se lee en la reseña comercial de esta película.

En realidad, la cinta de Jonze plantea la historia de amor entre un hombre, aparentemente simple, pero internamente muy complejo, llamado Theodore Twombly (encarnado por Joaquín Phoenix… ¿Quién más podría interpretarlo? No se me ocurre otro actor en este momento, tomando en cuenta los roles que ha decidido asumir este talentoso actor recientemente) y un sistema operativo, que por cierto, tampoco es cualquiera, es uno bastante sofisticado, sobre todo para el momento en el que vivimos,  llamado Samantha (seguramente en el futuro existirá algo similar), que cuenta con una femenina y seductora voz (a cargo de Scarlett Johansson), a través de la cual se irá dejando descubrir minuto a minuto una personalidad inteligente y perspicaz.

No obstante, ¿qué hace que Her sea tan particular y cree tal revuelo mental y emocional capaz de hacer que surjan los planteamientos y las interrogantes anteriores? Pues, toma por asalto a quien decide abrir la mente para verla (es muy tentador juzgar la historia como bizarra,  si se le ve sólo superficialmente), sumergiéndolo en una trama interesante (no en vano se ganó un Oscar, un Globo de Oro  y un Critics’ Choice Movie Awards como Mejor Guión Original) y, sin duda, universal… Sin importar de dónde sea el espectador, será seducido por una dinámica que no tiene ni tiempo ni espacio, aunque se intuya futurista.

Igualmente, resulta difícil pensar que no haya quien no se conmueva con Theodore y que, por un momento, no piense en ponerse en sus zapatos. ¿Es factible o no enamorarse de alguien que no tiene un cuerpo tangible y que en realidad no sea capaz de sentir, aunque lo pretenda? Pues… Mejor no decir “De esta agua no beberé”, sobre todo considerando cómo se desarrollan los hechos y  la situación en la que se encuentra este hombre de mente y alma sensibles e intensas.

Particularmente, sería muy fácil adorar a Theodore y odiar el resto de la historia, particularmente el desenlace, si no existiera el dulce personaje de Amy (a quien le da vida Amy Adams). Entre los demás personajes, ella pareciera ser una cereza en el pastel, pero en realidad es mucho más que eso.

Finalmente, mención aparte merece la banda sonora de esta película. Es difícil no enamorase de cada escena con semejante soundtrack, en el que destaca la pieza interpretada por la cantante Karen Lee Orzolek (mejor conocida como Karen O),  The Moon Song, una canción dulce, romántica… hermosa.

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